2º DE BACHILLERATO DE HISTORIA DEL ARTE. CRÓNICA DE UN VIAJE A ROMA

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Roma es como un libro de fábulas, en cada página te encuentras con un prodigio

Hans Christian Andersen

La extroversión italiana no ha subido con nosotros a bordo de la furgoneta que nos lleva de vuelta al aeropuerto de Ciampino. Son las 7h20 de la mañana del lunes 24 de junio y volvemos a casa.  El conductor conduce silencioso y con gesto huraño por las atestadas autovías y circunvalaciones que nos llevan desde el Hotel Roma Tor vergata hacia el cielo. Los italianos conducen como locos, pero nadie hace reproches gesticulando o haciendo sonar el claxon. Pocas horas después, al llegar a Madrid, recuperaremos rápidamente el sonido familiar de los pitidos de los coches. Pero son efervescentes, enérgicos. Como el cajero del supermercado al que comprábamos todas las tardes algunas bebidas y patatas fritas para tener qué comer en la habitación. Pasaba las latas de Coca cola por el scanner de la caja como el que conduce un Ferrari por el circuito de Monza.

Mientras el italiano huraño conduce, nuestros chicos siguen a lo suyo, hablando sin parar. Animosos. Sus fuerzas sólo han flaqueado ante el calor y la humedad romanos en las horas centrales de cada día. Especialmente el sábado, cuando rayando el mediodía atravesamos el Foro romano, intentando atisbar la Basílica Emilia, la Curia o el arco triunfal de Septimio Severo. Este monumento conmemorativo se alza orgulloso desde el siglo III a los pies de la colina del Capitolio para conmemorar la victoria de Roma sobre los partos. Poco antes, habíamos dejado el Coliseo Flavio, el anfiteatro de Roma donde 50.000 personas jaleaban eufóricas las embestidas de fornidos gladiadores de hace casi 2000 años. Allí, contemplando la arena y los graderíos, conseguimos por fin que nuestro pequeño grupo escuchara unido la audioguía que su profesor preparó ilusionado semanas antes. Luego entablamos una animada conversación exponiendo nuestras curiosidades e impresiones. Fue un buen momento, de esos en que intuyes el alma del mundo.

 

Por fin, nuestro  introvertido chófer nos dedica un  gesto amistoso cuando nos deja frente a la entrada del aeropuerto. ¡Chao!, Roma. Hemos pasado unos días estupendos. Arrivederci. Ya sólo nos queda la emoción del vuelo, y Cristian empieza a planificar el reparto de asientos de ventanilla y pasillo. Lo habíamos hablado, los que tuvieron ventanilla, ahora eran agraciados con el pasillo. Aunque no hay suficientes ventanas y el bueno de Yeray tiene que esperar a la mitad del trayecto para disfrutar del paisaje.

Y mientras facturamos y esperamos el embarque siguen sus charlas, sus chistes, juegan a las palmas, hacen amagos de baile y se hacen selfies. Muchos selfies, en todas las posturas. Desde el primer día. Poniendo morritos, en escorzo, en grupo, en pareja, de espaldas mirando, románticos, el paisaje y los monumentos. Y siempre haciendo la V de victoria. Vencedores de todas las batallas.

La primera tarde, el martes de 18 de junio, después de descansar, nos fuimos directos a la Piazza Espagna. El bullicio en torno a la Fontana de la Barcaccia del padre del famoso Bernini era de traca. Había gente de todos los rincones del mundo. También nos llamó la atención la cantidad de militares y policías que rodeaban la plaza. Y lo relajados y risueños que estaban. Más si cabe que los turistas, con sus pistolas al cinto, sus impolutos uniformes y esas llamativas y elegantes gorras de plato que lucen los caravinieri, tan elegantes ellos y ellas.

Incluso presenciamos una sesión fotográfica de moda. La modelo era larga sin fin y rubicunda, aunque con la cara tan maquillada que apenas atisbábamos la naturalidad de sus carnes. El vestido era una larga y frondosa escarola de velos naranjas. Muy llamativo para profanos como nosotros, eso sí. Y, bueno, ese día lo acabamos, como algún otro, en la Fontana de Trevi, relajándonos y lanzando de espaldas, como buenos guiris, algunos centimillos. A ver si se nos cumple el sueño de volver.

Y fueron pasando los días, por el camino interminable de las estancias vaticanas, que sólo nos dieron un respiro en la contemplación de La escuela de Atenas de Rafael, pintada entre 1510 y 1512. Allí están Platón y Aristóteles, Sócrates, Tolomeo e, incluso, el propio Rafael. La Grecia Clásica y el Renacimiento italiano unidos por el hilo invisible del humanismo que cimienta, ¿o cimentaba?, Europa. Y para cerrar el círculo, nosotros, contemplando la obra. Quedaban unos minutos para que el largo camino del conocimiento humano llegara a su fin. Allí estábamos nosotros, por fin, Rafa, Cristian, Alberto, Sole, Sofía, Marcos y Antonio extasiados ante la obra de arte de Miguel Ángel. ¡Emocionados! (aunque también organizando por whatsapp la fiesta posterior a la graduación que les esperaba el día 26 de junio en Rabanales). Fue maravilloso…, y único.

 

En fin, creo que nunca olvidaremos el Panteón de Agripa, La columna Trajana, ni la de Marco Aurelio, la Terribilitá del Moises de Miguel Ángel, la Scala Santa, la mano de Plutón clavada en el muslo de Proserpina en la escultura de Bernini, ni a Marco Aurelio a Caballo, que inició el modelo de retrato ecuestre tantas veces repetido y versionado en la Historia del Arte. Tampoco el futuro borrará de nuestra memoria la Bocca della Verità, donde me vi obligado a meter la mano y afirmar que Cristian aprobaría en septiembre. Prometo que nunca contaré que sentí el tirón que me dio en el brazo el mismísimo Satán.

 

Personalmente, me quedo con la tarde en que contemplando el cuadro tenebrista de La Vocación de San Mateo de Caravaggio, en la pequeña iglesia de San Luis de los franceses, Rafa Hoyos comentó casi de forma imperceptible, no te cansas de verlo, estaría todo el día mirándolo…

Para eso fuimos amigo Rafa.

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